Nacio un blog que te acompaña

Las mujeres, madres o no, siempre tenemos mucho que hacer....titulé asi este espacio para compartirlo contigo y expresar juntas las cosas sencillas.
La emocionalidad es una forma muy femenina de vivir. Entonces vivamos con emoción como Mujeres Inteligentes!

2 ene. 2012

Traje Cuentos para compartir


Voy para 2 años sin escribir, se me habia ido la musa. Entre las novedades resaltantes estan un divorcio, una mudanza y muuucho aprendizaje....pero aùn soy madre, siempre lo serè. Ya no amamanto, pero oigo las verdades mas hermosas del mundo a travès de las 2 bocas mas sabias que pudiesen estar pegadas a un cuerpo de 4 y a otro de 6 años de edad: las de mis hijos.
Las saludo amig@s y llego con una idea nueva digna de compartir: una selecciòn pequeña de cuentos inspirados por mi madre, regia llanera con quien me tocò volver a vivir por esto de ser una madre divorciada que necesita apoyo. Son cuentos porque decidì transformarlos en tales, mas no nacieron asi; surgieron de una infancia desarrollada en la Venezuela de los años 50, contados por una mujer guerrera y divertida, llegados a mis oidos en cada reuniòn familiar y ahora servidos para Ustedes en mi mesa, para que los disfruten tanto como yo lo he hecho.
El Tesoro de Lola Viña
Carmencita tenìa màs responsabilidad que cualquier pequeña de nueve años. Su madre descansaba en ella cualquier tarea que le permitieran sus pequeñas manos y su capacidad para seguir instrucciones. Fue asi como le pidiò que fuera 2 calles abajo a la casa de Lola Viña a conseguir hojas de plàtano asadas para hacer bollos para vender. Haciendo uso de los impecables modales transmitidos por su joven madre, tocò la puerta de los Viña y solicitò lo encomendado. Una enjuta cincuentona la recibiò y la hizo pasar al patio trasero mientras armada con un machete, atestaba secos y certeros golpes en cada buena rama que pudiera apilar para la venta. La pequeña Carmencita esperaba en un lado, a gachas, mientras ayudaba a ahumar las ramas elegidas sobre la dèbil fogata destinada para ello. Mirada perdida en la lumbre, alcanzò a escuchar la niña un incomprensible grito de su anfitriona, mientras veìa acercarse el terrorìfico àngulo de un machetazo dirigido. Afortunadamente era una pequeña àgil acostumbrada a esquivar fuetazos de chuchos maternos, y su instinto la empujò a rodar por el suelo lejos del machetazo seguro. "A què viniste? a llevarte las bolas de Salutriano verdad?", espetò la señora Viña, al tiempo que azotaba el aire con el arma. La pequeña saliò disparada, calle abajo, sin aliento y sin mandado, sin poder enterarse nunca que la respetable viuda Viña habìa enterrado el mayor tesoro del difunto marido en su patio trasero y con ellas, su cordura...para siempre.